Octavio Kulesz: “La inteligencia artificial nos obliga a repensar nuestro rol creativo”
El filósofo advierte que la inteligencia artificial puede homogeneizar la cultura y precarizar el trabajo creativo, y defiende la formación y las políticas culturales como respuesta

A propósito de la realización en el país de lasexta edición del Foro Caribe Naranja, espacio dedicado a analizar el impacto de las industrias culturales y creativas en la sociedad, el filósofo Octavio Kulesz, uno de los expositores de la jornada, dictó la conferencia “La creatividad en la era algorítmica. La inteligencia artificial y el futuro de la cultura”, concedió una entrevista a Diario Libre, en la que abordó diversos tópicos del tema, así como su impacto en la industria creativa.
Desde 2025, Octavio Kulesz forma parte del Consejo Global de Economía Creativa, una iniciativa del British Council y Creative PEC. Como investigador y asesor de organizaciones internacionales como la Unesco, la Organización Internacional de la Francofonía, y la Federación Internacional de Consejos de Artes y Agencias Culturales, su trabajo se ha concentrado en estudiar el impacto de la inteligencia artificial en las industrias culturales.
Usted habla de creatividad en la era algorítmica. ¿Qué estamos entendiendo mal cuando hablamos de creatividad e inteligencia artificial?
La inteligencia artificial es una tecnología sumamente poderosa que nos obliga a repensar nuestro rol creativo e intelectual. Estos sistemas computacionales realizan tareas cognitivas y emulan un comportamiento inteligente que antes era exclusivo de ser humano.
Cuando vemos una máquina que ahora es capaz de generar texto, audio y video de una altísima calidad técnica, organizar documentos, diseñar piezas gráficas y traducir entre numerosas lenguas con una calidad razonablemente buena, esto nos lleva a preguntarnos qué queda entonces de la creatividad humana.
Es claro que muchas profesiones creativas están sintiendo un impacto perjudicial de la IA generativa. Pero, al mismo tiempo, empieza a verse que las máquinas carecen de una dimensión fundamental de la creatividad humana.
Estos sistemas operan mediante modelos matemáticos y probabilísticos, sin emociones, sensibilidad ni subjetividad propias. No tienen conciencia ni ninguna intención real detrás de lo que escriben y de las imágenes o los videos que producen.
Ese es, en mi opinión, un aspecto de la creatividad que se fortalece con la irrupción de la IA: todo lo que la máquina no puede y no sabe hacer. Siempre hará falta un ser humano en algún punto de la cadena. Pero para ello será necesario reposicionarnos.
¿Qué es aquello que la inteligencia artificial no puede imaginar y que la creatividad humana todavía conserva como ventaja fundamental?
Trabajo con IA a diario de manera muy intensa, tanto en mis tareas de escritura, edición e investigación como en mi docencia en temas de IA y creatividad. Me resulta muy claro que, aunque las máquinas se vuelven más eficientes y precisas semana a semana, tienen una limitación fundamental: no crean desde una experiencia propia. Crean “desde ninguna parte”, por decirlo así.
Un ser humano, un ser que siente, que quiere expresar algo desde adentro, lo hace siempre desde un cuerpo, desde una realidad, desde una lengua, desde una historia, desde sus sueños, sus ganas, sus miedos y sus proyectos.
Las máquinas no tienen nada de todo esto. Por eso, una metáfora posible para pensar el rol de la IA actual es la de un caballo, fuerte y veloz, que necesita un jinete humano que lo guíe. Si dejamos que el caballo guíe al jinete y este se duerme y suelta las riendas, el humano se despertará al cabo de unas horas completamente perdido.
¿La inteligencia artificial está democratizando la creación cultural o existe el riesgo de que termine concentrando el poder creativo en las grandes empresas tecnológicas?
Ambas afirmaciones son ciertas, en buena medida. Por un lado, hay muchas personas que no cuentan con conocimientos literarios ni experiencia en arreglo musical y que ahora pueden escribir un cuento o componer una canción con algunos prompts y unos parámetros muy simples. Pero, obviamente, esto no alcanza para hacer que esas creaciones resulten interesantes o valiosas para el público.
En paralelo, hay que tener en cuenta que quienes están detrás de estos sistemas son un grupo muy pequeño de empresas tecnológicas. Para el mundo occidental, se trata sobre todo empresas de Estados Unidos, como OpenAI, Anthropic, Google o Meta, por mencionar algunas.
El peligro es que empresas cuyo negocio central es tecnológico y que, en varios casos, ya tienen una posición dominante en la distribución de contenidos también terminen dominando la creación cultural. Y difícilmente se logre diversidad y democratización si existe concentración económica.
¿Existe el riesgo de que la inteligencia artificial produzca una cultura cada vez más homogénea, en la que pierdan espacio las expresiones locales, las lenguas minoritarias y las identidades culturales?
Absolutamente. Creo que hay un riesgo de homogeneización y estandarización. Si pensamos en los grandes modelos de lenguaje, estos han sido entrenados principalmente con contenidos en lenguas llamadas de “altos recursos”, como el inglés, el castellano, el francés, el japonés y algunas otras que cuentan con enormes corpus textuales ya digitalizados, listos para alimentar modelos de IA.
Pero la gran mayoría de las siete mil lenguas habladas en la actualidad son de bajos recursos y no tienen suficiente cantidad de datos digitalizados. Muchos modelos de IA ofrecen un rendimiento inferior en estas lenguas, menos representadas en sus datos de entrenamiento.
Las consecuencias prácticas de este fenómeno pueden ser muy serias. No solo ocurre que el chatbot funciona peor, sino que esto puede incentivar que las generaciones más jóvenes utilicen otras lenguas, como el inglés, para interactuar con estas herramientas, lo que reduce aun más la presencia digital de su propia lengua.
¿Cómo pueden países pequeños como República Dominicana y los demás países del Caribe aprovechar la IA sin convertirse simplemente en consumidores de tecnologías y contenidos desarrollados en otros mercados?
Creo que hay muchas acciones que podrían emprenderse, independientemente del peso económico o la cantidad de habitantes de un país. Primero, invertir en formación y capacitación en IA para los sectores culturales, y también en alfabetización en IA para toda la ciudadanía: desde el público más joven hasta las personas mayores, los profesionales y los funcionarios públicos.
Luego, intentar incorporar, además de los modelos comerciales más conocidos, modelos de IA abiertos que se puedan ajustar y personalizar a las necesidades locales.
Hoy más que nunca necesitamos políticas culturales integrales que incluyan la IA como variable central, teniendo en cuenta tanto sus oportunidades como sus amenazas.
Algunos marcos existentes, como la Recomendación sobre la ética de la inteligencia artificial de la Unesco y la Agenda global de IA para las industrias culturales y creativas del Consejo Global de la Economía Creativa, ofrecen una base sólida para pensar este tipo de programas.
Sin iniciativas firmes en este terreno, en pocos años las culturas locales correrán el riesgo de convertirse en un mero insumo para sistemas de IA construidos en el exterior.
En un escenario donde una persona puede producir en minutos lo que antes requería un equipo de profesionales, ¿cómo cambiará el mercado laboral de las industrias creativas?
El mercado laboral está cambiando mucho en la era de la IA generativa. Hay indicios claros de precarización en numerosas profesiones, como la traducción, la redacción, la ilustración, la fotografía y el diseño, entre otras.
En muchos casos, se trata de profesionales que trabajan de manera freelance. Y, a medida que se acelera el impacto de la IA, muchas de estas personas no es que pierdan su empleo en el sentido de que sean despedidas, sino que reciben menos contratos o los contratos que les llegan están peor pagados.
En determinado momento, deciden retirarse y cambiar de profesión, lo cual puede ser sumamente traumático para alguien que ha invertido años de formación y perfeccionamiento. Y esto representa una pérdida enorme para un país, no solo a nivel económico, sino también cultural.
Un riesgo es que el impacto laboral adopte la forma de una K: muchos trabajadores se caen del mercado, como la parte descendente de la letra. Otras personas suben, sobre todo quienes se desempeñan en algunas ramas de la tecnología e incluso profesionales de la cultura que tienen mucha experiencia operando con agentes de IA.
El desafío para las políticas públicas es evitar esa evolución, apoyando la capacitación y reconversión de las profesiones más expuestas.

¿Estamos preparados para una nueva definición de autoría? Cuando una obra ha sido creada con inteligencia artificial, ¿quién debería ser considerado realmente su autor?
Aunque el tratamiento jurídico depende del país, una tendencia importante es considerar que una obra generada únicamente mediante un prompt no reúne las condiciones de autoría humana necesarias para recibir protección por derechos de autor.
Se discute mucho si hay que introducir un modo de titularidad sui generis para este tipo de obras artificiales o “sintéticas”, o si deben quedar como outputs no protegidos por derechos de autor.
En cambio, si un creador o una creadora utilizó un sistema de IA como una herramienta y puede demostrar una aportación creativa humana original en el resultado, la obra puede recibir protección en la medida de esa aportación (según la legislación aplicable).
El uso de IA no excluye por sí mismo la protección, del mismo modo que utilizar Photoshop para retocar una imagen no elimina la autoría humana. En caso de disputa, esto debería decidirlo finalmente un juez.
Buena parte de los sistemas de IA se han entrenado con obras creadas por seres humanos. ¿Cómo deberían compensarse los creadores cuyas obras han contribuido al desarrollo de estos sistemas?
Este es un tema vital en la discusión actual sobre la IA generativa, porque para entrenar y mejorar modelos se han utilizado grandes cantidades de contenidos protegidos sin autorización ni compensación para sus titulares, aunque también existen acuerdos de licencia.
Yo creo que esto es una deuda que tienen las empresas de IA con la comunidad creativa y que en algún momento tendrá que saldarse. Muchas personas en el mundo de la cultura no utilizan la IA justamente por la resistencia, comprensible, que les genera saber que hay un vicio de origen en estos sistemas.
Lo ideal sería, en algún momento, poder contar con sistemas de IA entrenados de manera justa y transparente.
Para ello, habría que empezar a pensar en un sistema de licencias y mecanismos de compensación que también contemple los usos pasados, para compensar a artistas, industrias creativas e incluso a comunidades cuyas expresiones culturales tradicionales han sido utilizadas sin permiso.
Usted participó en el grupo de expertos que trabajó en la recomendación de la Unesco sobre la ética de la inteligencia artificial. ¿Qué principio de aquella discusión considera hoy más urgente?
El principio que considero más urgente es que el desarrollo de la IA respete los derechos y fortalezca las capacidades de las personas.
La recomendación sobre la ética de la inteligencia artificial de la Unesco abarca múltiples dimensiones, como la educación, el medio ambiente, el empleo y también la cultura.
Creo que todos estos campos son indispensables, pero, si pensamos específicamente en el mundo de la cultura, ese principio se traduce en dos prioridades: la formación de artistas y profesionales de las industrias culturales, y la protección de los derechos de los creadores cuyas obras han sido utilizadas para entrenar modelos de IA.
¿Qué responsabilidad deberían asumir las grandes plataformas tecnológicas para evitar que la inteligencia artificial profundice las desigualdades culturales que ya existen?
El rol de las grandes plataformas es central. Al igual que ocurrió con las redes sociales y los algoritmos de recomendación de contenidos, las plataformas tienen un papel que va mucho más allá de la mera intermediación. Son ellas quienes deciden qué vemos, qué vemos menos y qué contenidos permanecen completamente invisibles.
En el caso de la IA generativa, este rol está potenciado a un nivel mucho más alto, porque las grandes plataformas, a través de sus algoritmos y de la selección de datos de entrenamiento, tienen una fuerte influencia sobre el tipo de contenido cultural que sus sistemas generan o procesan.
Lo ideal sería que hubiera un diálogo mucho más abierto y reglas más claras para asegurarse de que la IA actual no profundice las desigualdades culturales y que no contribuya a la extinción de ciertas lenguas.
Pero no resulta para nada sencillo lograr este acercamiento y mucho menos la elaboración de reglas, porque las plataformas suelen preferir la autorregulación.
¿La IA permitirá realmente que millones de personas que antes no tenían acceso a herramientas profesionales puedan convertirse en creadoras, o estamos ante una democratización aparente?
En los hechos, se puede observar una creciente democratización, entendida como una ampliación de la base de usuarios y usuarias que acceden a herramientas para la creación de contenidos. Sin embargo, la pregunta que se plantea es cuál es la calidad de esos contenidos.
Si no hubo una capacitación previa ni un esfuerzo por parte de cada usuario por comprender mejor las potencialidades y los límites de las herramientas, lo que termina ocurriendo es que la web y los sitios de distribución de contenidos resultan inundados de materiales de bajísima calidad, carentes de toda originalidad.
Con lo cual, hay que preguntarse si asistimos a una verdadera democratización o simplemente a una masificación de la generación de contenidos sin valor.
Si tuviera que darle un solo consejo a un escritor, músico, cineasta, diseñador o artista dominicano que hoy teme que la inteligencia artificial pueda quitarle su trabajo, ¿qué le diría?
- Como recomendación, diría que hay que formarse lo más posible en estas herramientas, tanto para comprender de manera fina cuáles son las opciones que ofrecen las soluciones comerciales actuales como para entender cómo funcionan los modelos de pesos abiertos.
- Algunos de estos modelos pueden ejecutarse localmente sin pagar una suscripción (aunque requieren equipos adecuados y ciertos conocimientos técnicos).
- En paralelo, prestar mucha atención a las habilidades fundamentales, también llamadas habilidades blandas o soft skills, que tienen que ver con la empatía, la sensibilidad, la colaboración y el trabajo en equipo. Son habilidades que justamente las máquinas no tienen y que han pasado a un primerísimo plano luego de la irrupción de la IA generativa.
- Y, por supuesto, comprender muy bien cuáles son los límites éticos que debemos respetar. El uso no responsable de estas tecnologías tiene patas cortas y puede terminar volviéndose en contra de cualquier usuario y de cualquier empresa.



Severo Rivera