La amante que nunca lo fue
Viajar a los escenarios donde la ficción cobra vida

Viajar, descubrir y rescatar experiencias dejó de ser un pasatiempo para convertirse en una meta siempre insatisfecha. Cuando puedo, vuelvo a los lugares donde una película o un libro me marcaron. Comprobar si la realidad se parece a lo que había imaginado es ya parte de un ritual del que nunca quiero prescindir.
Antes de poner un pie en Lyme Regis, ya lo conocía. Había visto a Meryl Streep, vestida de negro, inmóvil en el extremo de un rompeolas, en los primeros fotogramas de La amante del teniente francés. Hasta había sentido aquel viento que parecía soplar únicamente para ella. Cuando llegué, al volante desde Londres, reconocí prontamente el mar gris, la piedra húmeda y esa promesa de desgracia que el cine sabe colocar incluso en los paisajes más hermosos.
La película es de 1981, dirigida por Karel Reisz. Parte de la novela homónima de John Fowles, con guion de Harold Pinter. Publicada en 1969, cuenta la historia de Sarah Woodruff, una mujer marginada socialmente por un escándalo en la Inglaterra victoriana, y de Charles Smithson (Jeremy Irons), el caballero de la época que se obsesiona con ella. Pinter, nobel de Literatura años después, tuvo la genialidad de añadir una segunda historia, contemporánea, protagonizada por los actores que interpretan a los amantes victorianos. Una historia dentro de otra, en la que Meryl Streep adopta sin mácula un acento británico que despide para retornar a su nativo norteamericano en el extra del guionista.
El pueblito conocido
Lyme Regis, pequeño enclave en la costa occidental inglesa, emergió de su discreto olvido para adquirir la perdurable geografía del mito en la novela de Fowles. De allí zarparon algunos de los navíos que integraron la fuerza naval que hizo añicos a la Armada Invencible. El rompeolas se adentra en el agua en forma de curva de piedra que parece controlarlo todo, no solo las olas que se estrellan y estallan en lluvia marina sobre la estructura. No hace falta que aparezca Meryl Streep ni que su abrigo se agite con precisión cinematográfica. El lugar tiene carácter suficiente. El mar golpea, el viento se mete por el cuello y la piedra mojada recuerda que la literatura, por muy sublime que sea, no evita los resbalones.
Para Fowles, ciertos paisajes equivalen a un estado de ánimo. Es el lugar que Sarah Woodruff necesitaba, donde el mundo pareciera acabarse sin aspavientos, donde mirar hacia Francia pudiera significar esperar a un hombre, pero también imaginar una fuga. Cuando Charles y su prometida, Ernestina Freeman, la ven por primera vez, Sarah ya es una historia conocida. En Lyme Regis la llaman Tragedia, la mujer, o con menos delicadeza, la puta del teniente francés. Su leyenda contiene todo lo que una sociedad aficionada a juzgar necesita: un amante, una seducción, un abandono y una mujer condenada a esperar frente al mar.
El teniente existió, pero Sarah lo acomoda convenientemente en su historia. La moral victoriana la ha marginado y, de paso, le ha enseñado que en un mundo donde la respetabilidad femenina equivale casi siempre al encierro, una mala reputación equivale a un pasaporte visado. Se cuelga la etiqueta de “puta" para adueñarse de la palabra que los demás han preparado para agredirla. Nunca fue la amante de nadie, ni siquiera del teniente que le dio nombre a su deshonra. Construyó esa condición para crear un espacio donde nadie más pudiera decidir por ella.
Pese a lo arriesgado y ferozmente moderno del gesto, Sarah dista de una heroína convencional. Miente, manipula, desaparece y no pide permiso para ser libre. Tampoco se preocupa demasiado por los daños que siembra a su paso. Charles, por su parte, pertenece a una especie moral muy reconocible, la del hombre que desea ser libre siempre que la libertad no le cueste demasiado. Lee a Darwin, colecciona fósiles y contempla con ironía las convenciones de su tiempo. Quiere abandonar el guion, aunque no el teatro. Aspira a vivir una pasión excepcional sin renunciar a la posibilidad de regresar, cuando todo termine, a una vida convencional. Quiere saltarse las normas sin perder los beneficios de cumplirlas.
El encuentro sexual
Cada encuentro entre ambos es un juego de poder en el que Charles pierde espacio y se acerca al abismo. Confiado, asume la causa de una mujer desdichada cuando, en realidad, está entrando en el relato que ella ha construido. Sarah lleva tiempo escribiendo la escena y él acepta un papel sin haber leído el resto de la obra.
El encuentro sexual ocurre después, en una habitación de Exeter. Fowles reduce al mínimo la nobleza que Charles había atribuido a su deseo. Más que un clímax romántico, acontece una escena de desconcierto, rapidez y una revelación humillante: Sarah era virgen. No ha rescatado a una víctima, sino que ha sido utilizado por una mujer para cruzar una frontera.
Lo que sigue es el desastre. Charles rompe su compromiso con Ernestina. Pierde posición, dinero y reputación. Sarah desaparece. Durante años él la busca por Europa y América, aunque en realidad persigue algo más difícil: una explicación que convierta sus pérdidas en una historia razonable. Ha pagado un precio alto y espera recibir a cambio un sentido. Como casi todos, confunde el sufrimiento con una inversión. Cree que haber sufrido le da derecho a retribución.
Ahí se perfila la audacia desconcertante de la novela. Sus finales alternativos se alejan de adorno posmoderno o de una ocurrencia de escritor deseoso de ensanchar los mecanismos de la ficción. Son una provocación moral. Fowles nos recuerda que también nosotros queremos imponer una contabilidad a la vida. Si Charles ha renunciado a todo, Sarah debería amarlo. Si ha sido valiente una vez, tendría derecho a considerarse valiente para siempre. Nos cuesta aceptar que una historia falle en recompensar a quien ha pagado más.
En la novela, el reencuentro ocurre en Londres, en casa de Dante Gabriel Rossetti, donde Sarah ha hallado un ambiente artístico y una forma de independencia. Fowles no se conforma con un desenlace único, sino que ofrece dos finales posibles a partir de esa misma escena. En uno, Charles y Sarah se reconcilian. En el otro, ella se niega a reanudar la relación en los términos que él espera y afirma su autonomía.
La película conserva los dos niveles narrativos, pero modifica el desenlace victoriano. El reencuentro final se sitúa en el Lake District, en torno a Windermere. Aguas quietas, colinas suaves, una casa apartada, una barca avanzando por el lago. El borde violento de Lyme Regis muta en un paisaje ideal para quedarse.
Búsqueda del final
Fui hasta Broad Leys, la casa a orillas del Windermere donde se rodó ese reencuentro. Ahora es un hotel, y nada en su fachada de piedra clara ni en los jardines que bajan hasta el embarcadero advierte al visitante caribeño, distraído, que allí se filmó una despedida. El lago estaba liso, casi inmóvil, con esa quietud un poco indiferente que tienen las aguas cuando no les corresponde sentir nada por nosotros. Indispuesto para la metáfora.
La calma resultó elocuente. Entendí a Charles mejor que en cualquier página del libro. La quietud de las aguas del mayor lago natural inglés contrasta con su ánimo. Ignora si merece la paz interior. La Sarah del Windermere ya no es la mujer del rompeolas. Trabaja, vive y ha encontrado un lugar en un mundo independiente de Charles. Él llega como un peregrino con una carga a cuestas y con la secreta esperanza de cobrarla, como quien lleva una factura cuidadosamente doblada en el bolsillo. Pero Sarah no le debe ese final.
La película se lo concede en la historia victoriana, aunque Pinter introduce una crueldad suplementaria a través de la segunda historia. Mientras ruedan esa escena, Anna y Mike, los actores que interpretan a Sarah y Charles, mantienen ellos mismos una relación adúltera. En el siglo XIX, el deseo destruye una posición social y obliga a cruzar océanos. En el siglo XX, la fugacidad de una pasión se administra entre hoteles, cónyuges y fiestas de despedida. Ya no conduce al abismo, sino a algo más vulgar y quizá más doloroso, como son una agenda incompatible y una llamada que no llega.
Visitar Lyme Regis y contemplar la belleza serena del Lake Windermere después de haber visto varias veces el filme provoca sensaciones extrañas. La vida cotidiana se empeña en no parecerse a ninguna tragedia. Sin embargo, la silueta de Sarah continúa allí. No porque el lugar recuerde nada —los lugares no recuerdan—, sino porque nosotros ya no sabemos mirarlo sin ella. Uno retorna de ese viaje sospechando que los paisajes parecen coartadas. Se regresa con una certeza inquietante. Casi todos decimos admirar a Sarah, inmóvil frente al mar, dispuesta a perderlo todo. Pero la mayoría hemos organizado nuestra vida para parecernos a Charles, que se acerca al borde, contempla el abismo y, antes de saltar, quiere saber si hay billete de regreso.

Aníbal de Castro