Día Internacional para la Conservación del Ecosistema de los Manglares
Los manglares constituyen una de las principales riquezas de la biodiversidad nacional

Hace una semana visité un complejo de apartamentos ubicado a orillas de una playa del Este dominicano. Antes de llegar a la costa, un sendero rodeado de manglares ofrecía una escena que no se olvida: varias tortugas se deslizaban entre las raíces mientras una hilera de patitos seguía disciplinadamente a su madre bajo el intenso sol del Caribe. Aquel paisaje, que compartían turistas y dominicanos, fue uno de los momentos más memorables de nuestro viaje familiar.
Lo primero que captó nuestra atención fue la zona de manglares situada junto al camino que conduce a la playa. Como saben quienes conocen estos ecosistemas, se trata de uno de los ambientes naturales de mayor riqueza ecológica del país.
Aunque paisajes similares pueden encontrarse en otras partes del mundo, resulta especialmente valioso que en esta costa dominicana puedan apreciarse de forma tan accesible. Esa combinación de manglares, fauna silvestre y playa constituye uno de los grandes atractivos de la zona.
La experiencia también invita a reflexionar sobre la importancia ambiental de estos ecosistemas. Como señala National Geographic, “cuando se gestionan de forma sostenible, los manglares pueden sustentar la vida de millones de personas, almacenar grandes cantidades de carbono y reducir la vulnerabilidad de las regiones costeras frente a fenómenos extremos”. Esta realidad ha sido destacada en diversos estudios internacionales y cobra especial relevancia con motivo del Día Internacional de la Conservación del Ecosistema de Manglares, que se celebra cada 26 de julio.
Por ello, la costa del Este representa un destino que los dominicanos deberían visitar, al menos, una vez al año. Al igual que ocurre en Los Haitises o en Samaná, allí es posible apreciar ecosistemas de enorme valor y especies que enriquecen el patrimonio natural del país. Lo mismo sucede en otros parques nacionales, donde la biodiversidad constituye uno de los mayores atractivos.
Durante nuestro recorrido también observamos un pequeño puente que debía cruzarse antes de llegar a la playa. Desde allí podían apreciarse un muelle y una tranquila orilla poco frecuentada por los bañistas. Unos metros más adelante se encontraba la playa principal, escenario de una polémica en redes sociales semanas atrás, cuando algunos turistas cuestionaron la presencia de numerosos dominicanos. Frente a esos comentarios, alguien recordó una verdad elemental: las playas dominicanas son públicas. Nuestra experiencia confirmó precisamente eso: disfrutamos del lugar con absoluta normalidad y compartimos el espacio en un ambiente de respeto y convivencia.
En el camino de regreso volvimos a pasar frente a la Cueva de las Maravillas, un atractivo turístico que ya había visitado en otra ocasión y que alberga especies como las iguanas, muy apreciadas por quienes recorren la zona. Asimismo, conviene recordar que una parte importante de los manglares dominicanos se encuentra dentro de áreas protegidas por la legislación ambiental. Estos ecosistemas no solo embellecen nuestras costas, sino que desempeñan funciones esenciales para la conservación de la biodiversidad y la protección del litoral.
Este viaje nos permitió valorar, una vez más, la extraordinaria riqueza natural que posee la República Dominicana. La combinación de playas, manglares y fauna silvestre convierte este rincón del Este en un destino de gran belleza para visitantes nacionales y extranjeros. Conservar estos espacios es una responsabilidad compartida, pues representan un patrimonio natural de enorme valor para las generaciones presentes y futuras. Sin duda, es un lugar al que dan ganas de regresar y cuya experiencia merece ser compartida.

León de Moya