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Mujer y juventud: los grandes ausentes en la política

Y ojalá dentro de una década alguien desempolve este artículo para reírse de mí pesimismo, rodeado de jóvenes y mujeres que dirigen, debaten y ocupan la mesa principal en los partidos, en los sindicatos y en los movimientos sociales

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Mujer y juventud: los grandes ausentes en la política
La política sin relevo: por qué la juventud no se reconoce en los partidos tradicionales (MAGNIFIC)

Quienes peinamos canas en la política dominicana arrastramos desde hace décadas la preocupación por el relevo, aunque se nos acusa de cerrar las puertas y de aferrarnos a los espacios que por tanto tiempo hemos ocupado, conscientes de que, mientras los partidos, los sindicatos y las organizaciones sigan dirigidos por las mismas generaciones, la juventud y la mujer continuarán al margen, y el país perderá la energía que reclaman el presente y el futuro que todos merecemos.

En los tres grandes partidos del país, que concentran la inmensa mayoría de los votos y deciden el rumbo de la nación, las mujeres y los jóvenes siguen siendo los grandes ausentes de los espacios donde se toman las decisiones, y el fenómeno resulta tan profundo que se extiende incluso a la izquierda y al movimiento sindical, cuyas direcciones, siendo conservador en el cálculo, difícilmente bajan de los 60 años de edad promedio.

Ese panorama fue precisamente lo primero que advirtió un reconocido escritor y periodista cuando se presentó en la Feria Internacional del Libro, al notar que la mayoría del público que lo escuchaba pasaba holgadamente los cuarenta años; sin embargo, más que su observación, me interesa lo que vengo constatando desde hace tiempo, a través de fotos y videos, en las actividades formales de los partidos en todo el país, donde la escena se repite con una regularidad alarmante.

Aunque no se trata de un estudio con rigor científico, sino de una observación empírica, basta con mirar las ruedas de prensa, los actos en salones alquilados o los paneles de televisión para comprobarlo, y el contraste resulta todavía más evidente para quien, como yo, ha recorrido varios países de la región, donde se siente una participación vibrante de la juventud y de la mujer que aquí, lamentablemente, brilla por su ausencia.

Tres partidos, una misma ausencia

En los actos de los grandes partidos, la mesa principal está ocupada casi siempre por hombres que pasan de los cincuenta años, mientras las mujeres aparecen en la organización y la logística, y los jóvenes son convocados para llenar salones, repartir propaganda o animar caravanas en tiempos de campaña, aunque rara vez se les abre la puerta de las instancias donde realmente se define la línea política y se reparten las responsabilidades.

Es cierto que han existido intentos de corrección, ya que uno de esos partidos incorporó por elecciones a veinte mujeres en su dirección política, un paso que merece reconocimiento porque demuestra que las puertas se abren cuando hay voluntad, aunque una mirada atenta revela que las más jóvenes de esas mujeres superan los cuarenta años, con lo cual se atendió una ausencia mientras la otra quedó intacta.

Detrás de esta realidad se esconde un problema mayor, puesto que en el partidismo dominicano las ideologías son las grandes ausentes y el debate de ideas carece de escenario, al punto de que hay partidos que se definen progresistas en sus estatutos mientras actúan con la lógica conservadora de siempre, y un joven que no encuentra un proyecto que lo convoque difícilmente permanecerá en reuniones donde solo se discuten cargos y candidaturas.

A pesar de ello, la sociedad dominicana cuenta con un segmento importante que se identifica con el progresismo, aunque todavía no ha encontrado por dónde canalizar su participación, en tanto que el grueso de la población permanece marcado por el conservadurismo que encarnan los tres principales partidos, los cuales, más allá de sus discursos, han modelado durante décadas una cultura política poco dispuesta a abrirle espacio a lo nuevo.

A ese panorama se suma el abanico inmenso de partidos pequeños que se hacen llamar emergentes, pero que en décadas no han pasado de ser hiedra adherida a los grandes partidos, al igual que muchas personalidades y líderes de opinión, mientras las figuras progresistas que merecen el respeto y la admiración de la sociedad rara vez reciben su voto, una contradicción que también desalienta a los jóvenes que podrían sumarse.

Un fenómeno que alcanza a la izquierda

Lo más preocupante es que el fenómeno se reproduce también en la izquierda, que debería ser la alternativa natural para esa juventud inconforme, y lo digo como hombre de izquierda, condición que asumí desde la adolescencia, cuando empecé a organizar, y que mantengo en cada acción a la que asisto y con la que me comprometo, aquí y en el exterior, por lo que me duele reconocer que nuestras direcciones rondan los 60 años de edad promedio.

Igual ocurre en el movimiento sindical y en buena parte de las organizaciones sociales, que deberían ser la escuela natural de los trabajadores jóvenes y de las mujeres que luchan por sus derechos, y que, sin embargo, lucen hoy como encuentros de veteranos, de manera que los sectores que se proclaman portadores del cambio terminan siendo, paradójicamente, tan poco renovados como los partidos tradicionales a los que tanto critican.

Por todo ello he sostenido, y lo reitero ahora, que si en diez años la izquierda dominicana no supera el fenómeno de la vejez, corre el riesgo de desaparecer, mientras los grandes partidos, aunque sobrevivan gracias a sus maquinarias, seguirán alejándose de una generación que no se siente representada, porque una organización que no logra reproducirse en las nuevas generaciones termina condenada, por nobles que sean las causas que dice defender.

Ojalá me equivoque, y ojalá dentro de una década alguien desempolve este artículo para reírse de mi pesimismo, rodeado de jóvenes y mujeres que dirigen, debaten y ocupan la mesa principal en los partidos, en los sindicatos y en los movimientos sociales; sin embargo, para que eso ocurra tenemos que pasar hoy de la preocupación a los hechos, abriendo las puertas y cediendo los espacios que durante tanto tiempo hemos acaparado quienes ya peinamos canas.

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