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Demasiado es poco

Testimonio indiscreto

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Demasiado es poco (GENERADA CON IA)

Primer tiempo

Las tragedias familiares producen traiciones, huidas estratégicas y cobardes, delaciones, pero también ratifican la fraternidad y la osadía. En aquel tiempo de represión y luto, cárcel y abandono, hubo para mí personajes inolvidables y presentes, pilares indiscutidos para mi mamá, una mujer de 33 años que todavía no presentía la viudez, pero sí el desamparo por tener su marido preso y cuatro hijos que hubo de encomendar a la protección de su madre y de sus irrepetibles hermanas y cuñados. 

Me correspondió el refugio de mi abuela materna compartido con el trajín de mi mamá entre visitas a “La Victoria” regreso a Puerto Plata y después de la desaparición de mi padre, el ir y venir a Puerto Rico por asuntos comerciales y diligencias migratorias, sin omitir que Ponce había sido lugar de exilio y de reposo, antes del fatal desenlace desencadenado por el retorno de mi papá a Santo Domingo 1955. 

Otro manantial de afecto había en la isla del Encanto: estaba el paraíso ponceño y el remanso impulsado por titi Enoe, tía Mercedes, tío Cai, Mima, Tití y los primos boricuas. 

Fui acompañante de mi mamá en sus afanes cargados de esperanzas fallidas y esa condición, unida a la precocidad que la contingencia obliga, me permitió oír, ver, evaluar lealtad, constancia, ser testigo de excepción. 

Los viajes desde Puerto Plata hasta la capital, de la capital hacia Puerto Rico tenían el respaldo infaltable de Miguel Cocco Pastoriza, de los incondicionales cuñados y hermanas de mi mamá y de un personaje que intuí siempre familia. Protector, servicial. Nos trasladaba a Punta Caucedo y también nos buscaba cuando el viaje concluía. Era tío Queco-Francisco Rainieri Franceschini- que junto a tía Venecia- Marranzini Lepore-formaba uno de esos duetos de apoyo imprescindibles. 

Adulta comencé a establecer los vínculos, a hurgar en el árbol genealógico de esos parientes que trasladaron su cariño desde los rincones italo -puertoplateños y sanjuaneros hasta las arborizadas calles de Gascue para hacerlo permanente.

Recurrentes en la conversación las anécdotas de doña Blanca, de sus hijas, las provocaciones y penas de algunas sobrinas de la rama que une mi familia paterna con los Rainieri Franceschini. Asimismo, se fortalecía la relación con una de las hermanas de Venecia, la queridísima Alfonsina y su esposo, ese caballero llamado Camilo Suero Moquete.

Segundo tiempo

Y entre esos adultos protectores, era frecuente hablar del desarrollo de los jóvenes estudiantes hijos de Queco y Venecia. La madre los prefería fuera del país porque le mortificaban las consecuencias de la sensibilidad social de uno de ellos en aquella época de riesgos post magnicidio. 

Comenzó el tiempo de Frank, Frankito, ya primo formal, novio de Leslie y la vinculación, más que estrecha, con mi hermana mayor y aquellos frustrados planes nupciales.

Yo seguía oyendo, mirando, todavía sin residir en la capital. La casa de mi abuela paterna, de Papi Ton-Antonio Imbert Barrera-Tío Antonio para Frank-recibía con alborozo e interés a los Rainieri Marranzini. La tenaz tranquilidad de Frank, esa labor de hormiga que no atendía críticas ni descalificaciones, que iba sembrando cada día, despertaba admiración en el entorno. Tranquilidad y hablar quedo que contrastaba con las carcajadas de Fernando, esa intensa espontaneidad de “Colorao”, sin olvidar a Luis Manuel, el mayor de la prole, que décadas después influyó para salvar mi Mazda cuando un pagaré atrasado acechaba la propiedad del vehículo producto de un juvenil atrevimiento financiero. 

Entonces y con el sonido lejano de aquella canción escrita por Danny León, interpretada por July Morales “Habrá un nuevo mundo”, el otro mundo volvía y apareció Haydée. Fue bienvenida, venció obstáculos porque no reparó en ellos, supo integrarse a la familia extendida a pesar de los pesares, sombras, prejuicios. Fácil quererla, entenderla. Aunque yo estaba ajena a las vivencias capitaleñas ser hija de Cesita y amiga de mi prima Luchy, facilitaba el camino, la confianza. Además, Papitón la quiso y eso era un plus. 

Más que dos

¿Cómo logran estar pendientes? Las llamadas pueden ser desde Kiev, Boston, Santiago de Chile, desde La Toscana o Estambul. Aparecen en las salas de espera, al momento de la extremaunción. Acompañan tristezas y alegrías, sin estridencias. 

Mientras construían el emporio que los enorgullece y los hace merecedores de reconocimiento y respeto, no faltaba un resquicio para la fraternidad, para compartir con los suyos, suyos que se multiplicaron porque decidieron convertirse en guardianes de la genealogía.

Llegaban de aquellos andurriales, hoy transformados gracias a la obstinación, al trabajo constante y preguntaban, se interesaban por la vida de amistades y familiares. Disfrutaban, sin esconder su entusiasmo por algo que se convertiría en marca personal, en marca país.

La veneración de Frank por las tradiciones, por el clan, ha sido magnetismo para convocar generaciones. Hechizo que une. Provee, espacio para que descendientes de la línea materna, paterna hagan el recuento de los lazos directos y colaterales y exalten el origen y las peripecias de una extensa familia que tuvo en Puerto Plata asiento tanto como en el recodo de San Juan de la Maguana.

La cigua…demasiado es poco

Él no tiene memoria de sus favores, de su asistencia en momentos difíciles pero las personas que los reciben sí. Conserva secretos de estado y tal vez muchos ignoren los contactos con aquella desaparecida inteligencia de la izquierda. Cuando los denuestos contra mi papá adquirieron forma de reportaje no hubo titubeo. Orlando Martínez atendió su reclamo, escuchó e intentó corregir la infamia que la revista Ahora! había publicado.

Para celebrar cada año de vida emplaza a parientes y allegados que esperan la fecha para verse, recordar a la parentela, evocar a los ausentes y celebrar con los presentes. 

El regalo que cada día de San Rafael se hace y nos hace, ha incluido son, bachata, vallenato, rock. Esta vez, para igualar la majestuosidad del Centro Cultural Rainieri-CCR- decidió compartir el privilegio de cantar y bailar con sonido de violines, chelos y voces mágicas.

Aprendí temprano que los elogios, los reconocimientos a los familiares a las personas cercanas, se quedan para la memoria y para los comentarios en la sala de la casa. La intimidad no se expone. Empero, la trayectoria, esta deslumbrante consagración de algo que comenzó en 1969, impide omitir un testimonio personal, un acto notarial del cariño, encomio a la perseverancia y a la solidaridad, porque hay deudas del alma impagables. 

No sé qué sentirá cuando transita por el boulevard que tiene su nombre, ni cuando hace el repaso que incluye marejadas, palmeras derribadas, arrecifes, polvo del camino, piedras, tenacidad y satisfacción. Frank y Haydée, como la cigua reivindicada en el CCR, dadores y acogedores, creativos y persistentes, quizás no perciban que demasiado es poco para calificar su obra.

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