¿Quién está protegiendo a nuestros adolescentes?
La realidad social detrás de las cifras de embarazo y uniones tempranas

El hallazgo sin vida de una adolescente en las aguas del río Yaque del Norte, en Navarrete, nos enfrenta otra vez a una de esas noticias que producen dolor, indignación y, durante unas horas, una avalancha de preguntas.
Hay un hombre adulto bajo investigación. Otra adolescente, de 16 años, sobrevivió y recibió asistencia médica y atención especializada de la unidad de Violencia de Género, Intrafamiliar y Delitos Sexuales. La investigación está en manos de las autoridades y será a ellas a quienes corresponda determinar exactamente qué ocurrió y establecer las responsabilidades penales que procedan.
No corresponde convertir versiones preliminares en sentencias.
Pero sí corresponde preguntarnos algo que trasciende este expediente: ¿quién está protegiendo realmente a nuestros adolescentes?
Porque cuando sucede una tragedia como esta tendemos a discutir durante varios días sobre el sospechoso, la víctima, dónde estaban, con quién salieron o qué hicieron aquella noche. Luego aparece otra noticia y seguimos adelante.
El problema es que debajo de esos casos existe una realidad social que no desaparece cuando termina el ciclo informativo.
Tenemos adolescentes expuestos a adultos, familias desbordadas, hogares con dificultades para establecer límites y mantener comunicación, escuelas que no siempre consiguen detectar a tiempo comportamientos de riesgo y una sociedad que ha normalizado demasiadas situaciones que deberían encender alarmas.
También existen padres y madres que comenzaron a criar cuando ellos mismos apenas terminaban de crecer.
Los datos ayudan a entender la dimensión del problema. Los resultados de ENHOGAR-MICS 2025 indican que el 15.9 % de las mujeres de 20 a 24 años había tenido un hijo nacido vivo antes de cumplir los 18 años, mientras que el 27.6 % se había casado o unido antes de esa edad. Son porcentajes que hablan de miles de historias en las que la adolescencia termina demasiado pronto.
No significa que una madre o un padre joven esté condenado a criar mal. Sería injusto afirmarlo.
Significa que tenemos que mirar las condiciones en que estamos criando.
Educar a un adolescente requiere tiempo, herramientas emocionales, autoridad, comunicación y presencia. Y no siempre las familias disponen de todo eso. Hay hogares con padres trabajando jornadas interminables, familias monoparentales, conflictos internos, carencias económicas y adultos que tampoco recibieron orientación para enfrentar las complejidades de una adolescencia atravesada hoy, además, por celulares, redes sociales y relaciones que pueden escapar rápidamente a la supervisión familiar.
Pero tampoco podemos caer en el otro extremo y convertir cada tragedia en un juicio contra los padres.
No conocemos todas las circunstancias de esta familia y una madre o un padre que acaba de perder a una hija no necesita que desde fuera alguien le dicte una sentencia moral.
La responsabilidad familiar existe. También existe la responsabilidad de la escuela, de la comunidad y del Estado.
Y, sobre todo, existe la responsabilidad de los adultos.
Cuando una situación involucra a adolescentes y a una persona considerablemente mayor, la conversación no puede comenzar preguntando únicamente qué hacían las menores allí. También tenemos que preguntarnos qué hacía el adulto con ellas.
Durante demasiado tiempo nuestra cultura ha colocado sobre las adolescentes una responsabilidad que debería recaer principalmente sobre quienes tienen mayor edad, experiencia y capacidad para comprender las consecuencias de sus actos.
UNICEF advierte que las uniones tempranas aumentan los riesgos de abandono escolar, embarazo precoz, violencia y abuso sexual, y recuerda que la legislación dominicana establece protecciones específicas cuando existen relaciones sexuales entre menores y personas con una diferencia significativa de edad.
Es ahí donde la prevención tiene que dejar de ser un discurso.
Necesitamos familias capaces de hablar con sus hijos sin que toda conversación termine en amenazas o silencios. Padres que conozcan sus amistades y sus entornos, que sepan establecer límites y también escuchar.
Necesitamos escuelas que enseñen educación sexual y afectiva más allá de explicar el funcionamiento del cuerpo: consentimiento, relaciones de poder, señales de manipulación, violencia, autoestima y cómo pedir ayuda.
Necesitamos programas comunitarios que ofrezcan espacios seguros a los adolescentes y políticas públicas que intervengan antes de que una situación de vulnerabilidad termine en una fiscalía, un hospital o una morgue.
Y necesitamos recuperar algo que parece elemental: la autoridad adulta sin violencia y el respeto sin miedo.
Poner límites a un adolescente no significa anularlo. Acompañarlo tampoco significa vigilarlo como un sospechoso. Criar implica saber dónde está, con quién está, qué le preocupa, qué relaciones está construyendo y qué peligros quizás todavía no tiene madurez suficiente para identificar.
Pero la responsabilidad tampoco puede descansar exclusivamente sobre una madre mirando un teléfono a medianoche.
Si queremos reducir embarazos adolescentes, uniones tempranas, explotación sexual y violencia, hace falta una política sostenida que conecte familia, escuela, salud, protección social, justicia y comunidad.
No basta con indignarnos cuando ocurre una tragedia.
No basta con pedir la pena máxima después.
No basta con compartir una fotografía, escribir “justicia” y pasar a la siguiente noticia.
La justicia es indispensable cuando se comete un delito. Pero llega después.
La protección tiene que llegar antes.
Tal vez este caso termine estableciendo responsabilidades individuales muy concretas. Eso corresponderá a los tribunales. Nuestra responsabilidad como sociedad es hacernos una pregunta más difícil: ¿cuántos adolescentes están hoy mismo entrando en situaciones de riesgo mientras los adultos responsables de protegerlos ni siquiera las hemos visto?
Una sociedad no protege a sus niñas cuando encuentra al culpable después de la tragedia.
Las protege cuando consigue que la tragedia no ocurra.

Luisana Lora Perelló