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La institucionalidad del desarrollo (Clase 42)

El reto dominicano de pasar de la planificación a la ejecución efectiva

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La institucionalidad del desarrollo (Clase 42)
La República Dominicana enfrenta el desafío de pasar de la planificación a la ejecución de sus políticas públicas para lograr los objetivos de Meta RD 2036, como duplicar el PIB real. (CEDIDA POR PABLO ULLOA)

Al moderar el diálogo de alto nivel de Meta RD 2036, confirmé una convicción que se ha ido formando en mí mientras recorro el país: a la República Dominicana no le faltan diagnósticos ni aspiraciones. Entre 1990 y 2025 construimos 12 estrategias y planes de visión nacional y 47 planes de transformación sectorial. Hemos pensado mucho el país que queremos. El desafío decisivo está en otro lugar: convertir visión en ejecución. Una de las presentaciones del foro resumió precisamente las grandes debilidades históricas de los planes de desarrollo en tres dimensiones: desconfianza entre actores, limitada coordinación y distancia entre planificación e implementación. Ahí comienza, a mi juicio, la verdadera discusión sobre institucionalidad. 

Por eso resulta relevante que Meta RD 2036 no se conciba simplemente como otro documento, sino como una plataforma permanente de colaboración entre el Estado, el sector privado, la academia y la sociedad para identificar obstáculos, priorizar, coordinar, ejecutar y aprender, con el propósito de duplicar el PIB real hacia 2036. Esa última palabra —aprender— merece especial atención. Una institución madura no es aquella que nunca se equivoca, sino la que mide sus resultados, reconoce lo que no funciona, corrige oportunamente y acumula capacidades para hacerlo mejor la próxima vez. 

Andrés Velasco aportó una advertencia especialmente pertinente. La República Dominicana viene de 35 años de notable desempeño económico, pero no debe sentirse demasiado cómoda. Su exposición mostró que, con un PIB per cápita cercano a 11,059 dólares en 2025, el país se encuentra en una zona en la que muchas economías de ingresos medianos comienzan a perder dinamismo antes de alcanzar el desarrollo. El riesgo no consiste únicamente en crecer menos. Consiste en llegar a ese punto sin haber elevado suficientemente la productividad, sofisticado nuestras empresas, incorporado conocimiento y fortalecido nuestras instituciones. Y hay un dato aún más revelador: las razones que explican esa trampa no son solo económicas; también son políticas e institucionales, y estas suelen ser las más difíciles de superar. 

Federico Sturzenegger colocó sobre la mesa otra dimensión del problema: el Estado también puede acumular, con el paso de los años, regulaciones, trámites y procesos que terminan dificultando aquello que originalmente pretendían ordenar. Su experiencia propone revisar sistemáticamente las normas para determinar cuáles deben mantenerse, cuáles modificarse y cuáles ya no tienen justificación. Naturalmente, ninguna experiencia extranjera debe copiarse mecánicamente. Pero sí podemos hacernos una pregunta dominicana: ¿cuánto desarrollo perdemos cada año porque ciudadanos, productores y empresas emplean tiempo y recursos en procedimientos que no generan verdadero valor público? Simplificar no significa debilitar al Estado. Puede significar hacerlo más inteligente, más accesible y más concentrado en proteger aquello que realmente importa. 

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Infografía
(CEDIDA POR PABLO ULLOA.)

Michael Kremer añadió una pieza indispensable: la política pública debe aprender de la evidencia. Su planteamiento propone identificar problemas, diseñar soluciones, probarlas, evaluarlas, corregirlas y escalarlas solo cuando demuestran resultados. También subraya la necesidad de sistemas que monitoreen continuamente los resultados y de instituciones capaces de utilizar información para mejorar sus decisiones. Esta idea parece sencilla, pero supone un cambio profundo: pasar de discutir únicamente qué creemos que funcionará a preguntarnos qué está funcionando, para quién, a qué costo y cómo podemos mejorarlo

Sin embargo, el dato que más conectó las discusiones del foro con lo que he observado en el territorio fue presentado en el modelo de desarrollo territorial del BID: el 51 % del PIB dominicano se concentra en apenas el 11 % del territorio. Esa concentración genera economías de escala, pero también congestión, presión sobre la infraestructura y una integración territorial todavía insuficiente. Al mismo tiempo, el estudio identifica 76 nodos territoriales con distintos niveles de preparación y propone organizarlos mediante polos, corredores y regiones que conecten capacidades locales con mercados, innovación y nuevas oportunidades de crecimiento. El desarrollo dominicano, por tanto, no podrá construirse únicamente desde los grandes centros económicos. 

Esta reflexión coincide con una tarea que considero indispensable: volver a mirar la República Dominicana desde sus 31 provincias y el Distrito Nacional. Quiero hacerlo escuchando cuatro voces fundamentales de cada territorio. Primero, los mercados municipales, donde cada día se encuentran producción, comercio, precios, abastecimiento y economía familiar. Segundo, las universidades, porque ninguna transformación productiva será sostenible sin conocimiento y capital humano. Tercero, el sistema educativo, conversando con autoridades regionales y distritales, docentes y directores de centros sobre las capacidades que debemos formar. Y cuarto, las Cámaras de Comercio, depositarias de buena parte de la memoria económica y empresarial de nuestras provincias.

No se trata de sustituir los grandes estudios por impresiones locales. Es exactamente lo contrario: se trata de hacer conversar la evidencia nacional con la experiencia territorial. Una estadística puede indicarnos dónde existe baja productividad; el productor puede explicarnos qué obstáculo enfrenta. Un mapa puede identificar un corredor potencial; el empresario local puede decirnos qué infraestructura falta. Los datos pueden mostrarnos informalidad; el mercado puede revelar sus causas cotidianas. Y las universidades pueden ayudarnos a convertir esas observaciones en conocimiento útil para tomar decisiones. Meta RD 2036 ya ha priorizado temas como mejora regulatoria, acceso al crédito, formalización, encadenamientos productivos, capital humano, comercio fronterizo, diversificación e infraestructura. Llevar esa discusión al territorio permitiría comprender cómo se expresa cada desafío en lugares distintos. 

Después del foro, mi conclusión es más clara que antes: el desarrollo será institucional o no será sostenible; y será territorial o no será verdaderamente nacional. Duplicar el tamaño de la economía sería un logro extraordinario, pero insuficiente si las oportunidades permanecen excesivamente concentradas, si nuestras empresas no pueden crecer, si el conocimiento no llega a quienes producen o si las políticas continúan perdiéndose entre la planificación y la ejecución. Necesitamos instituciones que escuchen, coordinen, simplifiquen, experimenten, midan, corrijan y cumplan.

Quizá esa sea la verdadera medida de la República Dominicana que debemos construir hacia 2036: no solo una economía más grande, sino un país capaz de transformar sus posibilidades en oportunidades en cada territorio. Porque el desarrollo no ocurre únicamente cuando aumenta el producto interno bruto. Ocurre cuando una nación aprende a organizar sus recursos, su talento y sus instituciones para que el progreso llegue a la vida concreta de su gente.

TEMAS -

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.