Las tres virtudes esenciales del diplomático de carrera
Una vocación de sacrificio y compromiso nacional

La diplomacia es la expresión más alta de la política y constituye una de las manifestaciones más elevadas del servicio al Estado. Un diplomático de carrera no solo representa los intereses nacionales en el exterior; también encarna la historia, los valores y las aspiraciones de su país.
Por ello, el ejercicio de la diplomacia exige mucho más que conocimientos técnicos o dominio del protocolo. Requiere una sólida formación ética e intelectual que convierta al funcionario en un verdadero servidor público al servicio permanente de la nación.
A mi juicio, el diplomático de carrera debe estar adornado por tres cualidades fundamentales que definen su grandeza profesional: la discreción, la lealtad y la formación intelectual. Estas virtudes no son simples atributos deseables, sino pilares sobre los cuales descansa la credibilidad de un servicio exterior y la confianza que el Estado deposita en quienes hablan y actúan en su nombre.
La primera de esas virtudes es la discreción. El diplomático debe ser discreto más allá de lo posible. La reserva constituye una herramienta indispensable para preservar la confianza entre los Estados y facilitar el diálogo aun en los momentos de mayor tensión.
La información privilegiada, las negociaciones sensibles y las posiciones estratégicas de un país no pueden convertirse en objeto de protagonismo personal ni de comentarios imprudentes. Muchas veces, el mejor servicio que un diplomático presta a su nación es el silencio oportuno.
La segunda virtud es la lealtad. El diplomático representa al Estado, no a intereses particulares ni a posiciones personales. Debe ser leal a la nación, al Gobierno legítimamente constituido, al canciller que dirige la política exterior y al presidente de la República, quien constitucionalmente la conduce. Jamás debería escuchársele emitir, ni en privado ni en público, juicios que lesionen la imagen de quienes representa.
Si considera necesario formular observaciones o disentir de una decisión, debe hacerlo con espíritu constructivo y a través de los canales institucionales correspondientes. La crítica responsable fortalece las instituciones cuando se ejerce con respeto, prudencia y sentido del deber.
La tercera virtud es una sólida formación intelectual. Un diplomático de carrera debe ser un estudioso permanente de la realidad internacional. Debe cultivar la sabiduría, la erudición y la prudencia, comprender la historia, el derecho internacional, la economía, la geopolítica, la cultura y las nuevas tendencias que transforman el mundo. Solo quien estudia de manera constante está en condiciones de interpretar correctamente los acontecimientos y asesorar con criterio a las autoridades de su país.
La preparación intelectual no solo enriquece el pensamiento del diplomático, sino que se refleja en la calidad de su desempeño profesional. En 1998, durante la participación del autor de estas líneas en el Comité de Reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, presentó la propuesta de crear un escaño permanente para América Latina y el Caribe, fundamentada en el artículo 23 de la Carta de las Naciones Unidas, que establece el principio de una distribución geográficamente equitativa, así como en la vocación histórica de la región como zona de paz.
La iniciativa fue recibida con gran interés y mereció el reconocimiento del ex canciller de Brasil, Celso Amorim, quien se acercó personalmente a felicitarlo por lo que calificó como una magnífica propuesta. Posteriormente, en abril de 2010, durante la Cumbre de los Países No Alineados, presentó una iniciativa orientada a contribuir a la contención de la pandemia de la influenza A (H1N1), la cual fue aprobada a unanimidad y reconocida por Fidel Castro, quien decidió publicarla íntegramente en una de sus Reflexiones aparecidas en el periódico Granma.
Otro ejemplo ilustrativo de cómo la atención permanente, la disciplina, la iniciativa y la pasión por el servicio pueden marcar la diferencia en el ejercicio de la diplomacia tuvo lugar durante la Cumbre del CARIFORO, celebrada en Barbados en diciembre de 2007, con motivo de las negociaciones del Acuerdo de Asociación Económica (AAE) entre el CARIFORO y la Unión Europea, proceso al que la delegación técnica dominicana había dedicado incontables horas de trabajo, destacándose la valiosa labor de los colegas Federico Cuello y Juan Guiliani Cury.
Ante la suspensión de las negociaciones y el riesgo de que fracasara la firma de un acuerdo de enorme trascendencia para el Caribe, el autor de estas líneas tomó la iniciativa de gestionar una reunión puntual entre el canciller dominicano Carlos Morales y el presidente de Guyana, Bharrat Jagdeo, contribuyendo a destrabar el proceso y a crear las condiciones que hicieron posible la culminación exitosa de las negociaciones, cuya firma oficial tuvo lugar el 15 de octubre de 2008.
Años más tarde, en noviembre de 2018, durante el acto de firma de los acuerdos bilaterales entre la República Dominicana y la Federación de Rusia, celebrado por los cancilleres Miguel Vargas Maldonado y Serguéi Lavrov, este último solicitó realizar un brindis en reconocimiento a la trayectoria diplomática del embajador José Manuel Castillo Betances, destacando su contribución al fortalecimiento de las relaciones entre ambas naciones.
En ese contexto, se destaca su contribución al notable incremento del turismo ruso hacia la República Dominicana, que pasó de 105 mil visitantes en 2017 a 270 mil en 2019, lo que representó un crecimiento de más del 150% en apenas dos años. Asimismo, contribuyó al fortalecimiento de las relaciones económicas bilaterales, reflejado en un aumento del intercambio comercial de bienes y servicios superior al 160%.
En ese mismo período, en 2019, Anex Tourism Group, uno de los mayores turoperadores de Rusia, anunció la construcción del Selectum Luxury Resort, en Playa Macao, Punta Cana, un megaproyecto con una capacidad proyectada de 7,000 habitaciones, concebido como el mayor complejo hotelero del Caribe y una de las mayores inversiones turísticas en la historia de la República Dominicana.
Estos episodios demuestran que el éxito en la carrera diplomática no depende únicamente del conocimiento, sino también de la capacidad de mantenerse atento a las oportunidades, actuar con iniciativa, servir con disciplina y desempeñar cada misión con pasión y auténtica vocación de Estado.
En definitiva, la discreción protege la confianza; la lealtad fortalece las instituciones; y la formación intelectual otorga autoridad moral y capacidad de liderazgo. Estas tres virtudes distinguen al verdadero diplomático de carrera y convierten su labor en un servicio de la más alta responsabilidad.
En un mundo cada vez más complejo e interdependiente, los países necesitan diplomáticos que, además de negociar con habilidad, inspiren respeto por su conducta, por su integridad y por la profundidad de su pensamiento. Solo así la diplomacia seguirá siendo un instrumento eficaz para defender los intereses nacionales y contribuir a la construcción de un orden internacional más justo, estable y cooperativo.
Todo diplomático de carrera debe tener siempre presente que el prestigio del diplomático no nace del cargo que ocupa, sino de su conducta, de su preparación, de su vocación de servicio y de su lealtad permanente al Estado que representa. Esa es, en definitiva, la verdadera medida de una vida consagrada a la diplomacia.
Sin embargo, esta carrera, que exige tanta integridad, preparación y sentido de responsabilidad, no siempre es comprendida ni valorada en su justa dimensión. Detrás de cada representación diplomática existe una labor muchas veces silenciosa y sacrificada, orientada a la defensa de los intereses nacionales, al fortalecimiento de las relaciones entre los pueblos y a la búsqueda permanente del entendimiento y la cooperación.
En ese proceso de cumplir una encomiable misión, el diplomático con frecuencia debe dejar atrás a los suyos, a su familia y a su tierra, asumiendo con vocación de servicio los desafíos de vivir lejos del entorno que le vio crecer. Por ello, el reconocimiento del diplomático debe ir más allá del cargo; debe valorarse la trayectoria, el sacrificio y la integridad con que ha servido a su nación.

José Manuel Castillo Betances
José Manuel Castillo Betances