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Jesús tuvo miedo de morir, pero no de su destino

Cuando el saber no elimina el peso del dolor

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Jesús tuvo miedo de morir, pero no de su destino
Representación en la Iglesia de San Mateo en Štitar, Croacia del Beso de Judas, un momento crucial narrado en los Evangelios bíblicos en el que Judas Iscariote identifica y entrega a Jesús de Nazaret a las autoridades en el Huerto de Getsemaní. (SHUTTERSTOCK)

Jesús sabía lo que venía. Pero saberlo, sin embargo, no eliminó el miedo que sintió en los minutos finales. La escena ocurre de noche, en un huerto. Silencio, tensión, tristeza, incertidumbre, impotencia y un hombre que sabe exactamente que será sentenciado a la peor muerte que pueda tener un ser humano.

Jesús no estaba improvisando su destino. Lo había anunciado y explicado varias veces, con su verbo directo y refinado, aunque no siempre descifrado por sus discípulos.

Incluso, lo había aceptado como hijo obediente, pero no del todo como el hombre de carne y hueso que lloraba, reía, sufría y dejaba ver sus más recónditos sentimientos.

Sin embargo, en esas últimas horas, algo cambia en el hijo del hombre. Y era lógico, porque la certeza no elimina el peso del momento. Entonces llega la angustia inevitable acompañada de oraciones y súplica a Su Padre: “si es posible, que pase de mí esta copa”.

Jesús, como era su estilo, lo expresó sin rodeos. Estaba pidiéndole a Dios que lo librara de la muerte inminente. Y no de cualquier muerte, sino la más cruel, inhumana y martirizante que jamás haya conocido la humanidad.  

No era duda sobre el plan preconcebido desde el vientre dichoso de María. Claro que no. Era el rechazo al dolor concreto que estaba a punto de comenzar a partir del beso lacerante de Judas, a quien a pesar de los pesares Jesús llamaba su “amigo”.

Y es que saber no es lo mismo que vivir. Una cosa es anticipar la muerte; otra muy distinta es tenerla encima, con todo lo que arrastró aquel contexto imborrable en la historia terrenal de Jesús: traición, humillación, violencia física, abandono.

La narrativa bíblica no presenta a un personaje frío que camina sin alterarse hacia su destino. Presenta a alguien que, justo antes de ser clavado vivo, a sangre fría, siente el impacto demoledor de lo que va a ocurrir.

Y ahí es donde el episodio gana fuerza. Desde un enfoque lógico, la escena de aquellos agonizantes minutos no encaja con la idea de alguien atrapado sin opciones.

Al contrario, todo el relato apunta a que el hijo de Dios podría evitarlo. Por eso, no es descabellado pensar que esa posibilidad convierte lo que viene después en una decisión suprema, más no en una obligación.

¿Por qué?

No es que no pudo escapar; es que no lo hizo. Entonces, ¿por qué el miedo? Porque lo que está en juego no es solo morir por disposición de Su Padre, sino cómo y para qué.

La muerte que se aproxima no es neutra ni rápida. Es pública, lenta, degradante y diseñada para quebrar, para hacer sufrir hasta el tuétano.

Y, en términos teológicos, fue una muerte cargada de un significado mayor, que es la de asumir algo que no le corresponde directamente, pero que decide enfrentar para dejar una impronta que perdurara por lo siglos de los siglos.

En medio de eso, hay otro detalle que suele pasar desapercibido: Jesús busca compañía. No de todos, sino de los más cercanos, a los que amaba con toda su alma. Pedro, Santiago y Juan, allí estuvieron, al pie del cañón.

Pero Jesús no los reúne para enseñarles algo nuevo, sino para que estén, para que fueran testigos de lo que dijo tantas veces sin que ellos comprendieran de inmediato.

Y quizás para no culminar ese tramo de su misión completamente solo. Y sin embargo, se duermen. Parece contradictorio, porque mientras Jesús enfrenta la hora más difícil de su vida, sus tres apóstoles aventajados no logran mantenerse despiertos.

No hay épica ahí; hay realidad humana. Fallo, desconexión, límite. Lo que queda, al final, es una imagen poco cómoda pero muy coherente. Alguien que siente miedo y no retrocede. No porque el miedo desaparezca, sino porque no decide desde el miedo. La secuencia da aquel momento es más que elocuente: angustia, petición y decisión.

No hay contradicción entre saber el final y temer el proceso. Hay, más bien, una confirmación de que la conciencia plena no anestesia la experiencia. La intensifica.

Y eso cambia la lectura completa del episodio. No es la historia de alguien que va a morir porque no tiene alternativa. Es la de alguien que, sabiendo todo y sintiéndolo todo, elige no detenerse y terminar su encomienda. 

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