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Contra la memoria: los votos que incomodan a la historia

La incómoda realidad de la diplomacia frente a los crímenes de lesa humanidad

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Contra la memoria: los votos que incomodan a la historia
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que califica a la esclavitud como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia. (SHUTTERSTOCK)

La reciente votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas dejó al descubierto una realidad incómoda para la conciencia global. Mientras 123 países respaldaron una resolución que reconoce la esclavitud y la trata de esclavos como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia, tres naciones votaron en contra y otras 52 optaron por la abstención.

Los votos negativos provinieron de Estados Unidos, Israel y Argentina. Más allá de las justificaciones diplomáticas que cada gobierno pueda ofrecer, el mensaje político resulta inevitable: frente a una condena moral de uno de los sistemas más brutales que ha conocido la humanidad, hubo Estados que decidieron colocarse en la acera de la negación o, en el mejor de los casos, de la incomodidad.

Durante más de tres siglos, millones de africanos fueron capturados, vendidos y transportados como mercancía hacia América y otras regiones del mundo. La esclavitud no fue un fenómeno marginal de la historia: fue un sistema económico global que enriqueció imperios, construyó puertos, levantó ciudades y alimentó fortunas a costa del sufrimiento humano. Negar su carácter excepcionalmente criminal no es simplemente una posición diplomática; es, en cierta forma, un gesto de indiferencia ante la memoria de quienes padecieron ese horror.

El caso de Estados Unidos resulta particularmente paradójico. La mayor potencia del planeta fue también uno de los territorios donde la esclavitud marcó profundamente la estructura social y racial del país. Desde las plantaciones del sur hasta la guerra civil que intentó poner fin a aquel sistema, la historia estadounidense está atravesada por esa tragedia. Votar en contra de una resolución que condena ese legado parece, cuando menos, una contradicción con su propio discurso histórico sobre derechos civiles.

La posición de Israel, por su parte, genera otro tipo de interrogante moral. Una nación cuya identidad moderna está profundamente vinculada a la memoria del Holocausto —uno de los mayores crímenes de la humanidad— difícilmente puede ignorar el valor universal de reconocer y condenar las grandes tragedias históricas. La memoria del sufrimiento debería ser un puente hacia la empatía histórica, no un motivo para relativizar otras atrocidades.

En cuanto a Argentina, su voto en contra sorprendió a muchos observadores internacionales. En una región marcada por procesos coloniales, migratorios y por la lucha permanente contra las desigualdades sociales, resulta difícil comprender la lógica política de oponerse a una declaración que, en esencia, busca reconocer un crimen histórico contra la humanidad.

Pero si los votos negativos resultan polémicos, las 52 abstenciones tampoco pueden pasar desapercibidas. La abstención en un tema de esta naturaleza equivale, en la práctica, a una forma de evasión moral. Cuando se trata de reconocer uno de los sistemas de explotación humana más devastadores de la historia, el silencio diplomático también es una posición.

Las abstenciones reflejan, en muchos casos, el temor a abrir debates sobre reparaciones históricas, responsabilidades coloniales o implicaciones políticas en el presente. Sin embargo, la memoria histórica no debería depender de cálculos estratégicos ni de conveniencias geopolíticas. Reconocer un crimen no implica necesariamente asumir todas las responsabilidades jurídicas derivadas, pero sí representa un acto mínimo de honestidad moral ante la historia.

La votación demuestra que, incluso en el siglo XXI, el mundo todavía tiene dificultades para enfrentarse plenamente a su pasado. Mientras algunos países prefieren mirar hacia otro lado, otros insisten en que la memoria no puede ser negociada.

Porque la esclavitud no fue simplemente una etapa oscura del pasado. Fue un sistema que deshumanizó a millones de personas y cuyos efectos sociales, económicos y raciales aún se sienten en muchas partes del mundo.

Y cuando la comunidad internacional tiene la oportunidad de reconocerlo con claridad, votar en contra o abstenerse no es solo una decisión diplomática: es también una forma de incomodar a la conciencia histórica de la humanidad.

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