El cohete y la nevera: la oportunidad perdida del 27 de febrero
Mucho relato y poca realidad en la reciente rendición de cuentas

El discurso de rendición de cuentas del pasado 27 de febrero dejó una sensación particular: fue optimista, pero no fue el discurso que el momento histórico exigía. Más que inaugurar una nueva etapa, confirmó el rumbo existente. Y ahí radica precisamente el problema.
Mañana, cuando se revisen con distancia los años recientes, probablemente se concluirá que este era el instante político ideal para producir un giro. Después de casi seis años de gestión y tras un 2025 que muchos dominicanos vivieron como un verdadero annus horribilis, el país esperaba algo más que un balance de logros: esperaba una recalibración.
Porque una cosa son los éxitos estructurales de la República Dominicana y otra distinta el desempeño del gobierno de turno.
Nuestro país lleva décadas demostrando una fortaleza singular en la región: un sector privado dinámico, estabilidad institucional relativa y una capacidad probada para atraer inversión extranjera, turismo y capitales. Esos avances no nacieron en un año ni en una administración; responden a una inercia económica y social construida durante generaciones. Y sí, muchas de las cifras presentadas por el presidente son destacables.
Pero mientras los indicadores macroeconómicos muestran resiliencia, la experiencia cotidiana cuenta otra historia.
En 2025 la economía apenas creció 2.1 %, después de seis revisiones a la baja desde una proyección inicial cercana al 5 %.
La canasta básica continuó aumentando, golpeando con mayor fuerza a los hogares pobres y a la clase media.
La construcción —uno de los principales generadores de empleo interno— entró en una caída prolongada equivalente a una recesión sectorial.
Y los servicios públicos mostraron fallas recurrentes: apagones nacionales, averías del Metro, problemas de agua y una sensación creciente de deterioro operativo del Estado.
Ahí aparece la verdadera fractura: no entre optimismo y pesimismo político, sino entre país y gestión.
El desafío dominicano ya no es atraer récords de inversión o anunciar grandes cifras. El desafío es convertir ese dinamismo estructural en bienestar tangible. Y eso depende fundamentalmente de la eficiencia del gobierno.
Una baja inversión pública efectiva está haciendo languidecer el crecimiento y debilitando el efecto multiplicador de la economía. Mientras el gasto corriente continúa expandiéndose, la inversión estratégica —la que transforma productividad, infraestructura y capital humano— pierde peso relativo. El resultado es una economía que recibe dólares, pero no acelera; que crece, pero no despega.
Y este problema adquiere una dimensión mucho más profunda cuando se observa el mundo que emerge.
La humanidad se encuentra a las puertas de una transformación tecnológica comparable —o incluso superior— a la revolución industrial. La inteligencia artificial, la computación cuántica y la automatización avanzada están redefiniendo la competencia global. Se aproxima una gran divergencia entre países: aquellos capaces de invertir masivamente en conocimiento, energía, tecnología y educación especializada avanzarán décadas; los demás quedarán atrapados en modelos productivos de bajo valor agregado.
En ese contexto, enterrar inversión de capital para privilegiar logros políticos de corto plazo no es solo una decisión cuestionable: es la receta perfecta para condenar al país al rezago.
El verdadero reto no es únicamente atraer inversión privada. Es provocar una ola de inversión pública estratégica que empuje la frontera productiva hacia adelante: formación tecnológica avanzada, infraestructura energética moderna, innovación aplicada y educación especializada capaz de transformar nuestra matriz económica. Esa combinación podría convertir a la República Dominicana en un dínamo regional. Sin ella, seguiremos dependiendo del ciclo externo.
Por eso el discurso del 27 de febrero representaba una oportunidad excepcional.
Era el momento natural para reconocer tensiones acumuladas, admitir desafíos pendientes y anunciar una segunda etapa de gobierno enfocada en eficiencia estatal, seguridad ciudadana e inversión productiva. Un punto de inflexión que conectara los logros macro con las preocupaciones reales de la gente.
Pero el giro no llegó.
El gobierno prefirió reafirmar la narrativa existente antes que redefinirla. Consolidó su base, pero no habló al ciudadano desencantado que esperaba señales de corrección. Se optó por una filípica de victoria —acompañada de aplausos reiterados— más orientada a confirmar certezas internas que a responder inquietudes nacionales.
Y entonces apareció la paradoja más simbólica del discurso: mientras se invitaba al país a mirar hacia el espacio —con proyectos tecnológicos, alianzas globales y referencias a cohetes y futuro digital—, millones de dominicanos siguen lidiando con apagones, transporte interrumpido y una nevera que cada mes alcanza menos.
No hay nada incorrecto en aspirar alto. Toda nación necesita visión. Pero ningún cohete despega desde una pista deteriorada.
El problema no es hablar del futuro; es hacerlo mientras el presente permanece sin resolver. Porque cuando el gobierno habla más de lo que invierte, la distancia entre relato y realidad comienza a ampliarse.
La pregunta que dejó abierta esta rendición de cuentas no es hacia dónde queremos llegar dentro de veinte años.
La verdadera pregunta es por qué, teniendo las condiciones para avanzar hoy, el gobierno dejó pasar la oportunidad de corregir el rumbo cuando el país más lo necesitaba.
Y en política —como en la historia— las oportunidades perdidas suelen pesar más que los errores cometidos.
Rafael Paz