Un arma de fabricación casera causa tragedia en Boca Chica
La muerte de un niño, tras un disparo accidental provocado por su hermano de 11, revela una cadena de fallas invisibles, pero sobre todo, un Estado que falla

Un juguete no mató a un niño de seis años en el sector Brisas del Norte, en Boca Chica. Lo hizo un arma de fabricación casera.
Un objeto fuera de lugar que, en segundos, fracturó a toda una familia. La vida que se apagó, la del hermano de 11 años que accionó el disparo sin comprender qué tenía entre las manos, y la de unos padres que ahora tienen sobre sus hombros una pérdida dura de entender.
La noche del viernes 27 de marzo empezó con un grito.
“Le di, le di, ayúdame, no lo dejes morir”, repetía confundido el niño mayor a una jovencita que acudió al hogar tras escuchar los llamados de auxilio. Ella y su padre, vecinos de la casa contigua, reaccionaron al instante pensando en una emergencia menor. No lo era.
La puerta estaba cerrada; ella la tumbó de una patada.
Dentro, dos hermanos que minutos antes jugaban.
El más pequeño prometió pagarle una deuda de cinco pesos a esa misma vecina después de Semana Santa. Tenían unos bultos listos para viajar a Barahona al otro día. La madre se encontraba en otra habitación de la casa. Nadie pensó en una desgracia.
En barrios como este, la infancia transcurre en todo tipo de espacios. Calles sin asfaltar, solares abandonados, patios compartidos. Esos lugares funcionan como salas de juego y en uno de ellos apareció el artefacto.
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Nadie sabe cuánto tiempo llevaba allí. Ni quién, o cómo, lo dejó. Pero alguien —probablemente huyendo, sugieren los vecinos— lo abandonó en ese terreno.
“Él salió a buscar los chivos, lo vio y pensó que era un tubo. Lo cogió”, cuenta una residente.
Al parecer, según los vecinos, el niño creyó que era una pistola de juguete, como las de hidrogel que abundan en el mercado informal y que, a inicios de 2026, retiró del mercado el Instituto Nacional de Protección de los Derechos del Consumidor.
“Se le zafó”, repiten en la comunidad, tratando de buscar algún sentido a un hecho que nunca debió pasar. No hubo intención. Solo un error ocasionado por múltiples fallas estructurales y un Estado que, casi siempre, llega tarde.
“Yo creía que era un machetazo”, recuerda el vecino que ayudó a trasladar al menor herido. Salieron en su vehículo con una de las puertas abiertas, a toda velocidad. Un trayecto que toma 20 minutos hasta el hospital de Andrés lo hicieron en cinco. No alcanzó.
“Si yo encontraba un avión, me iba en un avión”, recuerda el hombre. “Todo por salvarle la vida a ese niño”.
La madre corrió detrás, pero no logró alcanzarlos. Terminó tirada en el suelo. Vencida por el dolor.
Al niño lo enterraron el domingo.
Padres atentos
La familia llevaba unos cinco años en el sector.
Tres menores de edad compartían la casa esa noche: el de seis años, el de 11 y una niña pequeña que cuidaba la madre a un allegado. El padre, maestro constructor, permanecía en Barahona por trabajo. La madre, según vecinos, siempre se mantenía atenta a sus hijos, vendiendo pan en el barrio para sostenerlos.
Sin embargo, es difícil para un ama de casa y un albañil proteger a sus hijos en un país donde los riesgos estructurales superan la capacidad de cualquier familia.
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En la comunidad, se siente la tristeza. “Ese niño era como mío”, comenta un vecino que lo consideraba su hijo porque solo tuvo hembras. “Yo le llevaba cositas”.
Otro residente recuerda un hecho similar años atrás. Un menor disparó a su tía con un arma que encontró.
Las autoridades confirmaron que el artefacto, ya bajo análisis de la Policía Científica, contenía un cartucho calibre 12 disparado.
Problema mayor
En República Dominicana, se penaliza la tenencia ilegal de armas. Aun así, de 3,945 armas destruidas por el Estado el año pasado, 200 eran de fabricación casera. Entre 2018 y 2024 se incautaron 19,857 armas de fuego.
En el país, el 53.6 % de los homicidios se cometen con armas de fuego. Y los homicidios no intencionales —accidentes, conflictos espontáneos— aumentaron de 264 en 2023 a 333 en 2024.
Acompañamiento
Roxanna Martínez, psicóloga escolar, aconseja que se deben observar las emociones del niño en su casa, escuela y comunidad. También verificar si come y se alimenta de manera adecuada.
“Requerimos de un trabajo en equipo multidisciplinario, entre los padres del niño, el psicólogo de la escuela, la maestra, los compañeros de curso, como también de la pediatra del menor”, refiere Martínez, quien también recomienda intervención de la iglesia.
A nivel familiar, también se enfrentan a un duelo complejo, que en el pequeño puede incluir dolor, confusión y posibles dinámicas de culpabilización, lo que incrementa el riesgo de daño emocional a corto y largo plazo.
Por esto, Johanny Quiroz, considera que el abordaje debe ser integral. La forma en que los adultos narren lo ocurrido —si lo convierten en culpa o en tragedia compartida— será determinante en su recuperación.
Por otro lado, en Brisas del Norte, los vecinos advierten sobre las condiciones del barrio.
Calles sin asfaltar que dificultan emergencias. Espacios abiertos donde cualquiera puede abandonar objetos peligrosos.
“Lo que necesitamos es la calle”, insiste un residente, recordando cómo el traslado al hospital fue más complejo por el estado de estas.
Aunque la Policía investiga el hecho hay mucho por responder.
¿Cuántas armas más permanecen fuera de control? ¿Cuántos objetos peligrosos circulan o se abandonan en espacios donde juegan niños? ¿Cuántos menores de edad crecen sin saber que un día el peligro les borrará el futuro?
Así como lo hizo ese disparo.




Indhira Suero Acosta